Afirma Pepe Cibrian Campoy “Todavia no termine de llorar a mamá”
Ser respetado y admirado, llenar un teatro y provocar gritos de: “¡Bravo!”. También, una casa con animales, plantas y objetos queridos, y llegar a sentirse un faraón en ese espacio. Estas eran algunas de las fantasías que poblaban la adolescencia y juventud de “Pepe” Cibrián Campoy (59). “No sé si son cosas tan importantes, pero en algún momento lo fueron. ¿Sabés los años que me costó que me hicieran una nota? Y me moría de ganas... A veces, lo malo de los sueños es cumplirlos. No me quedó ni uno solo en el tintero. Por eso, en este momento me planteo cómo va a ser el crecimiento de estos árboles, sabiendo que van a sobrevivirme. Disfruto sin aferrarme”, afirma el precursor del género musical en la Argentina. Esta aparente saciedad convive con entusiasmos desmesurados; según él mismo explica, la exageración es uno de sus distintivos. Así lo demuestran un parque con ínfulas de selva, los cardúmenes que pasean en lagos y peceras, los cuadros ubicados hasta los techos y una colección de más de 500 perfumes. “Esta casa es un gran espacio teatral que me permite sentirme un rey. Adoro cada escultura, cada mueble y cada lámpara que tengo. Me los devoro. Necesito comerme los objetos que me gustan, aunque sea visualmente, y por eso hay tantos. El jardín es pura exuberancia, yo mismo planté cada uno de los árboles y plantines. Son miles, pero los conozco uno por uno. Ahora están descansando pero sé que cuando nazcan los nuevos brotes, lloraré. Es algo que me conmueve de una manera visceral. Siento lo mismo por los peces; apenas llego a casa, me fijo si están todos bien o alguno anda triste. Les hablo mucho, igual que a las plantas. El especialista me dice que hay demasiados en cada pecera; no deberían de ser más de tres o cuatro, pero no pude evitarlo: coloqué diez veces más de lo aconsejable. También me regocijo con cada uno de mis cuatro perros, que son parte de la familia. Con Junior (uno de los ovejeros alemanes) tenemos una relación muy especial, él sabe exactamente cómo me siento”, cuenta.
—¿Y cómo se siente ahora?
—Por un lado, contento. Después de malas experiencias anteriores en televisión, estoy en un programa tan extraordinario como Aquí podemos hacerlo, donde mostramos públicamente lo que es nuestra vida en teatro. Al casting se presentaron 10.500 personas, entre 18 y 55 años, de todas las provincias. Los 60 seleccionados tuvieron que esforzarse mucho para entrenar y ensayar entre ocho y nueve horas por día. No vienen a ser famosos, quieren ser artistas, y eso es maravilloso. Pero, por otra parte, este último tiempo fue muy difícil para mí. Tuve que equilibrar la pérdida de mis padres, “Pepe” Cribrián y Ana María Campoy, ya que ambas fueron muy cercanas. Lo más agudo llegó en julio, con la puntualidad maldita de los aniversarios. El 8 se cumplió un año de la muerte de mamá, y el 26 hubiéramos celebrado sus 82 años. Fue un mes espantoso. Desde mucho antes empecé a sufrir una gran angustia, fueron días negrísimos. La extraño mucho.
—Algunas personas hablan de ciertas presencias de familiares y amigos muertos. ¿Usted vive algo parecido?
—No, ni siquiera pude soñar con ella. Escucho a quienes dicen que los muertos están con nosotros y me parece un concepto muy lindo y esotérico, pero no lo siento así. Si ella no me llama por teléfono es porque no está. Nosotros nos hablábamos todas las noches, antes de dormir. El último tiempo yo no la veía muy seguido porque me dolía esa decadencia física que sufrió después de las caídas. Pero como su voz se mantenía jovial, por teléfono era la Campoy de siempre. Si bien, gracias a 40 años de terapia, nuestra relación no era edípica, sí muy simbiótica. Nos necesitábamos mucho. Y sigo necesitándola en ese teléfono, en su comprensión, en sus risas, en su placer por la comida… Siento que no dejé ir a mi madre, que todavía la estoy aferrando. Tengo la sensación de que debo parir su muerte y la de mi padre; ese día empezará o acabará el duelo. Todavía estoy en proceso de gestación. No terminé de llorarlos; por momentos lo hago mucho y por otros, nada.
—¿A qué imágenes se aferra?
—A su risa. Su sentido del humor, tan ácido y satírico, le permitía burlarse de las cosas más terribles. Mamá caricaturizaba la vida. Aun de grandes, siempre fuimos como dos chicos. Nos encantaba sorprendernos con búsquedas del tesoro o el juego de los regalos. Yo volvía de un viaje y le daba una cajita, después otra, y otra; ella no terminaba de decir “¡Ah!”, que ya arrancaba con un “¡Oh!”… Mamá era muy cambalachera, le encantaban los collares y yo le traía alguno de cada lugar que iba. Después de su muerte, durante algún tiempo, los usé; pero ahora estoy más despojado. Creo que lo que mejor representa a mamá es un cuadro de ella pintado por su amigo, el actor Esteban Serrador, en 1952. Estaba en su casa y ahora, arriba de la chimenea de mi cuarto. Me gusta mirar a esa Campoy tan hermosa y llena de vida. Ella estuvo lúcida hasta último momento, y creo que se fue cuando se cansó; debe de haberse dicho: “Ya no puedo ser como quiero. Bajo el telón”. Le destrozaba el alma no poder ser dueña de su andar y sus movimientos. Mi memoria está llena de imágenes mágicas. Me acuerdo de una celebración importante, en una casa muy linda que teníamos en Callao y Alvear. Era un cumpleaños de mamá y había muchas figuras y gente importante en la fiesta. Como yo era chico, tenía 8 años, no podía estar ahí; así que me quedé acurrucadito, escondido en la escalera principal, mirando todo. De pronto, sentí que me golpeaban el hombro y cuando me di vuelta, me encontré con mis padres. Los vi tan bellos que me parecieron dioses. Cuando me abrazaron y me levantaron, sentí una emoción... En un momento admiraba a esos seres celestiales, y al siguiente estaba en sus brazos. Es una imagen fortísima. Pero no sólo eran imponentes; los dos eran muy sabios, tan sensibles como inteligentes. Algunas de sus frases me marcaron de por vida.
—¿Cuáles, por ejemplo?
—La más importante fue una de mi padre: “Pepe, se es un hombre en la vida y no, en la cama”. Con esa dignidad tan brutal que tenía, él me marcó a fuego. Me enseñó que todas las elecciones merecen ser respetadas y que un hombre no se define por ser vegetariano o cantante, sino por su acción en lo cotidiano. Hoy mi vida es mi vida, más allá de lo que la gente pueda opinar de ella. Aunque la verdad es que siempre he sido muy respetado. En otra ocasión, Carlos Petit también me dio una gran enseñanza de vida. En el ’77 fui a un restaurante donde mis padres estaban comiendo con él. En aquella época mis cosas no andaban muy bien, y empecé a protestar porque nadie iba a ver mis obras: “Estoy harto de fracasar”. El, que era todo un señor, me respondió: “No, Pepe, vos no fracasás. Para hacerlo, primero hay que tener éxito. Vos todavía no fracasaste”. En su momento me enojé, pero después lo entendí.
—¿Llegó a conocer el fracaso?
—Antes de Drácula, en 1991, yo había perdido todo por producir una obra a mamá: Las dulces niñas. Fue un desastre, no juntamos ni ocho espectadores. Por eso siempre digo que hay que tener cosas, para poder venderlas en tiempos difíciles. Pero, en ese momento, con lo único que contaba era con gran pared negra frente a mí. Me había desprendido de todo. Encima, papá tenía problemas cerebrales y mamá 65 años, y ni un mango. Me enteré de que Tito Lectoure quería hacer El fantasma de la ópera, y lo llamé. El ni me conocía, me recibió pensando que yo era mi padre. Pero como era tan educado, cuando me vio no hizo ningún comentario. Aunque yo no había visto la película ni leído la novela, sólo sabía que chupaba sangre, empecé a hablarle de Drácula. Por cábala, no había escrito nada, pero igual le hablaba y le cantaba la obra. En un momento, él me dijo: “Pero justo Drácula, con la malaria que hay... La gente necesita otras cosas, algo que la distraiga”. Y ahí se me ocurrió: “Pero este es un Drácula romántico, porque se enamora y sufre”. Mi intención era que él produjera la obra en algún teatro pero, en una segunda reunión, me ofreció hacerla en el Luna Park. Y fue lo que fue.
—Su madre también se recuperó después de la experiencia de 1991.
—En aquel momento ella estaba tan deprimida que le sugerí dar clases. Como no teníamos plata ni para pagar un aviso en el diario, le dije: “Andá a almorzar a lo de Mirtha Legrand y anunciá que abrís una escuela. Yo te consigo un saloncito”. Y así se hizo. Nos prestaron el aula de un jardín de infantes, en la calle Copérnico. El día de la inscripción ella fue hasta ahí con unos caramelitos que había juntado para agasajar a sus alumnos; esperaba a unos 15, y cuando llegó se encontró con 3.000. Ganó muchísimo dinero y se dio todos los gustos. Mamá era una nena grande con un gran deseo de sobrevivir.
—¿Cuál fue la última travesura de esa nena?
—En su última etapa, mi hermano Roberto (48) era quien le manejaba las cuentas. Ella iba a comer, invitada por alguna amiga, y le pedía a una de sus asistentes: “Guarde la cuenta y désela a mi hijo. Dígale que yo la he pagado” . Ella tenía su dinero porque mi hermano es un gran administrador y no le hacía ninguna necesidad, al contrario. Pero parece que la gente grande se vuelve así, un poco obsesiva con el dinero. A lo mejor se sentía muy cerca de aquella infancia en la que pasó un hambre espantoso. Y creo que eso se trasmite a los hijos porque yo tengo ciertos miedos, angustias o sensaciones de pérdida que no tienen mucha razón de ser.
—A pesar de eso, ¿se reconoce como un hombre feliz?
—Sí, por más que sea tan taurino, melancólico y teatral. La vida me ofreció muchas oportunidades, aunque es verdad que di el alma en cada una de ellas. No fueron regalos de un diputado. Cada varilla y cada vela de esta casa está pagada con sudor. Este hogar es mi máximo placer. Todos los días, cuando vuelvo de las grabaciones o los ensayos, llamo para que enciendan todas las luces y las velas, además de encender las lámparas de aceite. Cuando llego, todo está iluminado y fragante. Me reciben las plantas, mis perros, los peces y los objetos que más quiero. Igual que un sueño.
Autor: María Fernanda Guillot
Fotos: M. Arias / Perfil
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